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Lectura: Una montaña inmensa de sabiduría

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Colaborador 
Objectius 
Aprender a amar a los libros y despertar el interés por la lectura.

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Resum 

Estamos acostumbrados a pensar que los dragones solo se enfurecen, hechan fuego, atacan a caballeros... Pero, en realidad, hay dragones diferentes. Y uno de ellos es Libelo. Conoce su historia... Una historia llena de libros y con un dragón. ¿Qué mejor combinación?

Opinió 

Una montaña inmensa de sabiduría.
 
Libelo, a diferencia de otros dragones, no dormía en montañas de monedas de oro, plata o bronce, ni sobre joyas ni piedras preciosas. Esas bagatelas estaban siempre frías, olían a metal deslustrado o a piedra pulida y encima se le clavaban en el vientre y en el pecho. No. El joven dragón hace tiempo que decidió dormir sobre algo más blando y cálido, algo mullido pero firme. Libros. 



Lo que le convirtió en el hazmerreír de sus congéneres. Pero él los ignoró. Ahí se quedasen esas viejas culebras descamadas con sus incómodos y metálicos colchones de monedas viejas y oxidadas. Luego solo hacían que quejarse del reúma de sus huesos y de la pereza de alzar el vuelo tras largos años de letargo y de haber conseguido calentarlas con el peso de su cuerpo; mala cosa era esa de volver después de unas horas de vuelo y encontrártelas de nuevo frías.

Por eso él, Libelo el Magnífico, El Rabioso Fuego Indómito, El Azote Furibundo de Bastiones y Fortalezas, dormiría sobre un mullido lecho de libros, hecho a partir de montones de volúmenes y de tomos primorosamente encuadernados, de pilas de rollos y pergaminos finamente ilustrados, de diarios cosidos con hilo de oro y miles de paquetes de cartas, contratos y misivas. Consiguió libros de todas partes donde su olfato le guiaba y amontonó bajo la Montaña de Plata, en su gruta donde antaño estuvieron las ruinas de Trash'nadhorm, el antiguo reino de los trasgos, todos los tesoros del saber humano. Mientras el dragón Libelo apilaba las montañas de libros pensaba en lo cómodo que iba a estar los próximos cien años allí en su gruta, sin molestos trasgos a su alrededor sacrificándole doncellas humanas, esqueléticas e insípidas, y sin tener que aguantar a aquellos pesados caballeros andantes emperrados en pincharle con sus lanzas. Después el dragón Libelo se posó algo torpemente encima de todos aquellos libros y luego retozó entre sus tapas y hojas, hasta acabar acurrucándose como un gato en su cestillo. Ya saboreaba la envidia que todos sus congéneres sentirían en cuanto descubrieran lo equivocados que habían estado al reírse y burlarse de él. Para sus adentros se regodeaba pensando en devolverles las risas y los desdenes a todos y cada uno de aquellos viejos dragones. Y poco a poco el sueño fue acariciándole y sin apenas tiempo para pensarlo masticó remolón con sus fauces llenas de afilados dientes, respiró el olor de todos aquellos libros y bostezó. Bendito descanso bien merecido. Entonces lanzó satisfecho un pequeño y ardoroso suspiro. Al que de inmediato siguió un bramido y una maldición.

Libelo se arrepentiría de aquel suspiro para el resto de sus días. Una pequeña lengüeta de fuego intestinal escapó, como siempre, de su estómago, trayéndole un agradable ardor de garganta con delicioso sabor a hidrógeno y metano. Y esa pequeña lengüeta flamígera cayó sobre un pequeño libro de técnicas de sastrería vikingas que prendió y se carbonizó al instante. En cuestión de décimas de segundo los libros sobre los que descansaba el joven dragón prendieron como los enormes fogones en una cocina de gigantes. El fuego se propagó por aquella colina de papel y pergaminos como un torrente imparable de destrucción llameante. El interior de la gruta se convirtió en un colosal crematorio y nuestro joven dragón a duras penas pudo escapar de las entrañas de la Montaña de Plata, hogar ya irreconocible de los trasgos de Trash'nadhorm. A Libelo se le chamuscaron las escamas de las cejas y el orgullo y, durante dos largos años, no pudo regresar a su hogar. Tuvo que contentarse con compartir una estrecha cueva junto a una familia de murciélagos.
 
Entonces Libelo supo por qué todos sus congéneres se habían reído de él durante aquel tiempo. No por envidia, obviamente. A partir de aquel día prestó más atención a las tradiciones y a sus mayores, que, entre burlas y chanzas jocosas, le enseñaron una importante lección que el joven dragón Libelo aprendió a regañadientes: los libros de los humanos se usan para leer, aprender y divertirse, pero no para dormir sobre ellos. Y maldita la gracia que le hacía haber aprendido aquello.

Una montaña inmensa de sabiduría, Los Cuentos de Bastian

Destaquem 
Hay muchas maneras de interesarte por la lectura y los libros. Hay muchas formas de conocerlos y amarlos y esta historia de Libelo es un gran manera de hacerlo con un toque de ironía y diversión.

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