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Lecturas: Una historia de espadas

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Objectius 
Disfrutar de una lectura llena de aventuras e introducirnos en lecturas adultas.

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Resum 
Permitidnos la licencia de mostraros una escena de la novela. Una de las escenas donde descubrimos de qué hablamos cuando hablamos de aventura, a qué nos referimos cuando mencionamos el honor de los caballeros y cuál es el alma de un auténtico espadachín. Más que un maestro, un fenómeno. Os presentamos la historia de Íñigo Montoya.
Opinió 

"En las montañas de la España Central, en lo alto de las colinas que se yerguen en los alrededores de Toledo, se encontraba la aldea de Arabella. Era muy pequeña y el aire estaba siempre límpido. Eran las únicas cualidades de Arabella: unos aires estupendos que permitían ver a kilómetros de distancia. Pero no había trabajo, los perros invadían las calles y nunca había suficiente comida. El aire, aunque limpio, era demasiado caliente durante el día y helado por la noche. En cuanto a la vida personal de Íñigo, siempre estaba un poco hambriento, no tenía hermanos, pues su madre había muerto al dar a luz.

   Era fantásticamente feliz.

   Por su padre, Domingo Montoya era un hombre excéntrico, impaciente, distraído, de aspecto cómico, que nunca sonreía.

  Íñigo lo adoraba profundamente. No preguntéis por qué. En realidad no existía ni una sola razón que pudiera señalarse. Ah, probablemente Domingo correspondía al afecto de su hijo, pero el amor comprende muchas cosas y ninguna de ellas tiene lógica.

  Domingo Montoya era espadero. Si alguien quería una espada fabulosa, ¿iba a ver a Domingo Montoya? Si alguien quería una obra de artesanía, genial y equilibrada, ¿iba a las montañas que se alzaban detrás de Toledo? Si alguien quería una obra maestra, una espada que perdurara a través de los tiempos, ¿dirigía sus pasos hacia Arabella?

 No.

   Iba a Madrid, porque allí era donde vivía el famoso Yeste, y si ese alguien tenía dinero, conseguía el arma. Yeste era obeso y jovial, y uno de los hombres más ricos y respetados de la ciudad. Y era muy justo que lo fuese. Hacía unas espadas maravillosas, y los nobles se jactaban de poseer una Yeste original. Pero a veces –a no a menudo, cuidado, tal vez una vez al año o quizá menos – aparecía alguien que encargaba un arma que superaba incluso las habilidades de Yeste. Cuando algo así ocurría, ¿acaso Yeste decía: “Ay, lo siento, no puedo hacerla”?

  No.

 Lo que decía era: “Será un placer, cobraré la mitad por adelantado y el resto al momento de la entrega; regresad dentro de un año, muchísimas gracias”.

  
   Al día siguiente partía hacia las colinas que se alzan detrás de Toledo”.

 

(Yeste y Domingo Montoya se conocían hace mucho, mucho tiempo. Ni siquiera ellos lo recuerdan ya. Y de ellos dos, el artista y artesano más sencillo, era el padre de Íñigo, de quien aprendió el valor de las cosas bien hechas).



 

    Íñigo recordaba exactamente el momento en que había comenzado. Estaba preparando el almuerzo para los dos – porque desde que él cumpliera seis años, su padre le había dejado cocinar -, cuando alguien llamó a la puerta con fuerza inusitada.

   
   - ¡Eh, los de ahí dentro! – resonó la voz -. Daos prisa.

   El padre de Íñigo abrió la puerta y dijo:

   - Servidor.

   - Eras espadero – dijo la voz resonante -. De prestigio. He oído decir que es verdad.

   - Si lo fuera – repuso Domingo -. Pero no poseo grandes habilidades. Me dedico principalmente a hacer reparaciones. Quizá si tuvierais una daga desafilada, podría complaceros. Pero si me pedís más que eso, no estaré a la altura de las circunstancias.

   Íñigo se acercó y espió, escudándose en su padre. La voz resonante pertenecía a un hombre poderoso, de cabello negro y anchos hombros, que iba montado en un elegante caballo marrón. Era, a todas luces, un noble, pero Íñigo no logró precisar de qué país.

   - Quiero que me fabriquen la espada más grandiosa desde Escalibur.

   - Espero que podáis hacer realidad vuestros deseos – dijo Domingo -. Y ahora, si me perdonáis, nuestro almuerzo está casi dispuesto y…

   - No te he dado permiso para que te muevas. Quédate donde estás o deberás enfrentarte a mis iras. Y te advierto de antemano que son considerables. Soy destructivo por temperamento. Bien, ¿y qué me decías de tu almuerzo?

   - Os decía que falta mucho para comer; no tengo nada que hacer y jamás soñaría con moverme.

   - Corren rumores de que oculto en las colinas que se alzan detrás de Toledo vive un genio – dijo el noble -. El más grande espadero del mundo.

   - Suele venir a visitarnos…, de ahí vuestro error. Pero su nombre es Yeste y vive en Madrid.

   - Pagaré quinientas monedad de oro por conseguir mis deseos – dijo el noble de anchos hombros.

  - Es mucho dinero, más del que todos los hombres de toda esta aldea ganarán en toda su vida – dijo Domingo -. En verdad os digo que desearía aceptar vuestra oferta, pero no soy el hombre que buscáis. 

   - Estos rumores me conducen a creer que Domingo Montoya resolvería mi problema.

   - ¿Cuál es vuestro problema?

  - Soy un gran espadachín. Pero no logro encontrar un arma que se ajuste a mis peculiaridades y, por ello, me veo impedido de alcanzar la perfección. Si pudiera tener un arma que se ajustara a mis necesidades, no habría nadie en el mundo capaz de igualarme.

   - ¿Y cuáles son esas peculiaridades de las que habláis?

   El noble levantó la mano derecha.

   Domingo comenzó a entusiasmarse. 

   El hombre tenía seis dedos".

 

(Esta es la historia de Íñigo Montoya. De por qué y cómo se convirtió en un fenómeno, el mejor espadachín que existiera en el mundo entero. 

Busca el libro y sigue leyendo…).


De La princesa prometida, William Goldman.
(Cap. 5)

La princesa prometida
William Goldman
Martínez Roca
978-84-27015425
 
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Destaquem 
Un fragmento de La princesa prometida que nos presenta la historia de uno de los personajes más carismáticos de la historia. Para introducirnos en un texto más adulto, pero lleno de aventuras. Porque todo tiene un origen y este es el del famoso Iñigo Montoya.

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