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El duelo en la etapa infantil

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Inspirat en el llibre 
Resum 
¿Cómo hablamos con los más pequeños de la muerte? ¿Cómo enfocamos el duelo? ¿De qué conversamos con ellos cuando perdemos un ser querido?
Opinió 
Me he topado con este álbum, El pájaro muerto, y me he parado a pensar. ¿Enfocamos la muerte a los niños de algún modo especial? ¿O ese enfoque es, sencillamente, una decisión de mutismo? ¿Les preparamos para el duelo según las tradiciones y convenciones sociales?

Recuerdo el momento en que falleció mi padre. Ya llevaba tiempo de degeneración y sabíamos que el final estaba cerca. Sin embargo, los adultos nos resistimos a aceptar las pérdidas. Quizás porque nos cuesta admitir que la muerte puede devolver la felicidad al ser querido, quizás porque vemos más cerca nuestro momento de un final o quizá por nuestro egoísmo innato de permanecer (entendido en su vertiente más filosófica). Somos adversos al cambio y está claro que una muerte es uno de los generadores más brutales de cambio. La tradición de nuestra sociedad, mayoritariamente, basa el duelo en la permanencia del recuerdo vivo. Y sufrimos incansablemente en silencio. En el momento en que asumí la noticia, rompí a llorar, primero de manera contenida, pues mis hijos estaban a mi lado; después de modo descontrolado. Y la reacción de mis hijos al conocer la razón – que se la dije entre sollozos – fue de una naturalidad que me sorprendió y me relajó: “lo sentimos mucho, mamá”, y me abrazaron. Su reacción fue de consuelo hacia mí, pues entendí que sufrían por mi angustia. Fueron absolutamente empáticos y decidieron, de modo autónomo, dedicar sus esfuerzos a reconfortarme. En aquel momento pensé que mis hijos eran más adultos que yo misma.
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Al observar este álbum, me volvió aquel recuerdo. La etapa infantil está impregnada de los siguientes factores:
- Espontaneidad
- Sinceridad en las acciones 
- Naturalidad

Los niños no están condicionados por convenciones sociales y se muestran tal como son, especialmente con sus seres más cercanos. Nos empeñamos con esmero en educarlos en las tradiciones del duelo:
- No menciones
- Llora, que seguro que quieres “ahora”
- No comentes
- No rías
- No bailes
- No cantes

Tanto “no” rotundo les hace asociar la negatividad con el duelo y la muerte, provocando cierto rechazo a esa situación. Nunca entendí por qué en otras culturas – las anglosajonas, por ejemplo – se celebra una merienda o una especie de fiesta en los entierros. Creo que lo he comprendido al convivir con mis hijos. Quienes te quieren acompañar en esos momentos, te regalan pedacitos de felicidad. Y eso es lo que hacen los niños antes de la imposición negativa:
- Te abrazan
- Lloran si tú lloras
- Te cantan
- Te arropan
- Te regalan palabras de amor

Diría que, inconscientemente, saben que tu dolor es, en parte, por ver más cerca tu final. Confieso que, tras las palabras de aquel momento de mis hijos, pasados unos días, mi pequeño rompió a llorar sin motivo aparente. Me costó sonsacarle la razón y descubrí que era similar a ese egoísmo que subyace entre las razones por las que los adultos sufrimos en el duelo. Me contó que estaba preocupado porque si el abuelo había muerto, los padres éramos los siguientes. Me sorprendí con mi respuesta:
“No sabemos lo que sucederá, lo único de lo que podemos tener certeza es de poner todos los medios para ser felices cuando estamos juntos”. 


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(imagen de la página del autor Christian Robinson)

Leo y disfruto este álbum, El pájaro muerto, como un canto a la naturalidad de lo que nos acontece. Los niños se sienten alegres por haber encontrado el pájaro y poder darle entierro, como merece todo ser vivo. Sus cantos son espontáneos, como acto de amor. Sus lágrimas son de felicidad, por haber creado un momento emotivamente precioso. Le dan entierro y guardan, a partir de ese momento, un instante de recuerdo de felicidad y complicidad entre amigos. Compartir emociones es un acto de generosidad que los niños conocen bien. Siguen visitando la tumba del pájaro mientras se acuerdan… y, tras un tiempo, ya no vuelven más. Lo han olvidado de manera natural. No les queda resquicio de mala conciencia, porque le dieron sepultura. No les queda sentimiento de pena, porque cantaron y bailaron a su alrededor. No les queda malestar, sino recuerdo de felicidad.

Mis hijos me ayudaron a recordar los mejores momentos con mi padre y se lo agradezco. Aprendí con ellos que la comunicación es la base de nuestra relación social y que la conversación con los niños es un aprendizaje en dos sentidos, ascendente y descendente, porque todos aprendemos. Despojémonos de rigidez cultural y compartamos con ellos la espontaneidad en acciones, reacciones y conversaciones. Diría que de este modo todo fluirá con mayor relajación.

Esperamos vuestras opiniones para compartir momentos y experiencias.