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Esos hombres de gris

Artículo. De colores, emociones y ciudades

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Resumen 
Leyendo literatura que valora el juego, la observación, la calma, el color, las emociones y el saber escuchar.
Opinión 
Estoy leyendo un cuento de colores, sentada en una cafetería con amplias vitrinas al paseo. Es un cuento que habla de cómo los colores del barrio son absorbidos por unos señores de gris, taciturnos y sin expresión. Quieren ahorrar energía, dicen, o quitarnos la ilusión. 

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Los padres de hoy día pertenecemos a una generación post industrialización. Ya habían terminado los tiempos de ciudades de colores y se tiñeron de gris. Desapareció el valor de las profesiones familiares en favor de la productividad. La empresa constituía el valor absoluto por ser la mayor contribución al crecimiento de la ciudad, del país y del mundo, en términos relativos, claro está. 

Cuando Michael Ende describía a su inteligente Momo eran los años 70, en pleno apogeo de las políticas industriales y con algunos recibos de radicales de furgonetas de flores. Momo observaba, mientras las ciudades consolidaban su ausencia de color. Momo debió ser el principio de la educación emocional, porque poseía los atributos necesarios y una actitud firme hacia la observación y la capacidad de escuchar. También por aquel tiempo, Francesco Tonucci defendía la sonrisa de los niños, que solo puede construirse en los parques, entre los frutos de la naturaleza y de espaldas al hormigón. Dos ejemplos del gran cambio que se avecinaba. La globalización tuvo una causa y una consecuencia: la misma evolución tecnológica, por el esfuerzo financiado por una vorágine industrial, permitió conocer a cada ciudadano la realidad global. Y tuvimos la oportunidad de contrastar verde y gris, estilos de vida y entornos de supervivencia.

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Los años recientes han mostrado una revolución en estilo de vida y maneras de comprender la realidad que nos rodea. Volvemos a buscar los tonos y los matices, entre naturaleza, alimentos y decoración. También en el trabajo ha habido una revolución que ya se percibe. La creciente "raza" de autónomos, provocada en su mayoría por la precariedad laboral, ha devenido en personas que buscamos mayor tiempo de convivencia en familia, nuevos destinos de viajes, fotografías de color y naturaleza y donde volvemos a la observación y la búsqueda de la felicidad. Huyendo de modelos de imitación y repetición industrial, no es casualidad que proliferen negocios diferenciables por su singularidad y que en la educación mencionemos con mayor fuerza la vertiente emocional y el valor de la diferencia.

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El cuento al que me refiero al inicio de este artículo se titula "Barrios de colores" y lo más característico es la demostración de que los niños son los mejores observadores y los primeros en plantearse retos diarios. Los niños ven y perciben los cambios y el tono de los mismos, si el cambio es de color a gris, provoca una sonrisa invertida. Los niños de este cuento, como los de los libros e ilustrados de bombines grises, perciben los cambios de inmediato, nos lo hacen ver con sus muestras de inconformismo y nos retan a cambiar de nuevo hacia los tonos acordes con el arco iris y la naturaleza. Momo fue la precursora de una generación que se rebela sobre el cemento para recuperar el carácter rebelde del ser humano. 

Los profesionales de hoy en día, los de éxito, ya no son aquellos hombres de gris, sino modernos, tecnológicamente avanzados, con color en sus vestidos y gafas de sol bien grandes que esconden lo poco que aún nos queda de gris, la mirada. 
Pasemos más tiempo libre con nuestros hijos, aprendamos con ellos a recuperar el valor de mirar a nuestro alrededor, levantemos la vista hacia el paisaje que nos rodea, no solo en vacaciones, sino durante todo el año. Busquemos parques donde jugar, jardines donde correr, playas y ríos donde pasear los fines de semana de invierno. Busquemos bichos, divisemos pájaros al vuelo, pronunciemos sonrisas y aprendamos a vivir de nuevo. Mirad alguno o todos estos cuentos con vuestros hijos y observaréis, quizás, cómo cambia su parecer ante cada cuento según su entorno y su hogar. Disfrutemos de la vida, que es efímera pero devuelve grandes satisfacciones. Y si creemos que no seremos capaces, o que hemos olvidado cómo mirar, o que no estaremos a la altura del nivel de observación que se requiere, recurramos a los mejores maestros: los niños, los tenemos en casa, en nuestro edificio y en nuestro barrio. Preguntémosles a ellos, su sinceridad es un gran motor.

Libros recomendados en este artículo:
Momo, de Michael Ende
Frato 40 años con ojos de niño, de Francesco Tonucci
7 hombres con bombín, de Álex Nogués
El jardín mágico, de Lemniscates
Un camino de flores, de JonArno Lawson
Barrios de colores, de Ana González Menéndez. El libro que inspiró este artículo y completa una serie a tener en cuenta.
En el final de esta página, encontraréis el enlace a la ficha de los libros.
 

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