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La huella de los prejuicios

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Inspirado en el libro 

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Resumen 
Cuando un álbum ilustrado o novela inspira a la reflexión, es que vale la pena recomendarlo.
Opinión 
   He leído este cuento, La Huella, una y otra vez. He repasado colores, texto, sensaciones e impresiones, una y otra vez. La magia del álbum ilustrado está en cómo te permite reflexionar en imagen y palabra. Entra por varios sentidos y te envuelve en silencio y preguntas. Lo comentas con tus hijos, lo compartes con maestros, lo muestras a padres y madres y vuelves a recogerte en ese silencio que te mueve a formular más preguntas. Ese proceso constante de observación, impresión compartida y reflexión lo veo absolutamente necesario en los días que vivimos. 
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   Hemos perdido espontaneidad, confundiéndola con exhibición constante. Hemos dejado de lado la reflexión para dar más espacio al pensamiento rápido. Nos excedemos en la planificación para dejar de disfrutar momentos privados. Y en esta vorágine perdemos tiempo de silencio (o lo alargamos, en referencia a Luis Martín-Santos) y construcción de valor, dejándonos llevar por estereotipos de vanguardia efímera.
¿Qué oportunidad dejamos pasar como adultos? La de recuperar cada día nuestra capacidad de aprender y re-educarnos constantemente. No tenemos tiempo. ¿Cuándo me doy cuenta de ello? Desde el momento en que tuve hijos y decidí pararme un rato cada día a observarles y escuchar. Son ellos los que me devuelven a la realidad de mi yo interior. Suena paradójico, pues todos decimos una y otra vez que los pensamientos de los niños se construyen de fantasías irrealizables. Desde mi punto de vista, nada más lejos de la realidad.

   Los niños nacen y crecen con absoluto sentido de la sinceridad y la simplicidad. Somos nosotros, los adultos, quienes les despojamos de ella para imponerles maneras, costumbres, actitudes y, ahí está, prejuicios. 
- Mamá, ¿por qué dos señores no pueden tener hijos?
- Mamá, ¿por qué las niñas deben ir con cuidado y prudencia (miedo) por la calle sin poderse vestir de cualquier manera?
- Mamá, ¿por qué debo respetar a todos los adultos, aunque no me guste cómo me miran, ni lo que me dicen ni cuando me tocan?
- Mamá, ¿por qué negros y chinos son enemigos en esta película?
- Mamá, ¿por qué no puedo amar a quien quiero?
- Mamá, ¿por qué este amigo no me conviene?
- Mamá, ¿por qué no?
   
   Cada vez que respondemos a una de estas preguntas. Aún más, cada vez que nuestra enseñanza les mueve a formular alguna pregunta como ésta, les estamos condicionando en pensamiento, actitud y prejuicio. Obligamos a nuestros hijos a un aprendizaje continuo; sin embargo, ahí está la paradoja, no reparamos en que nuestro propio aprendizaje, social, en este caso, debe ser continuo. La sociedad cambia, los estímulos del entorno cambian y nosotros, los adultos, nos empeñamos, por tradición, en permanecer impasibles. Igual que entendemos que a nuestro hijo no tiene por qué gustarle el libro o la película o la música que a mí me enloquecía, deberíamos plantearnos también si las enseñanzas que recibimos, costumbres, tradiciones y estereotipos, deben encajar en su entorno actual. Muy difícil, si paramos un momento a pensarlo. Pero, por desgracia, no tenemos tiempo.
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   La huella, este álbum ilustrado, es una de esas piezas que nos brindan la oportunidad de tomar ese momento. ¿A quién debemos aceptar? ¿De quién nos podemos enamorar? ¿Con quién podemos jugar? Resulta curioso que les demos respuesta a todas estas cuestiones cuando obviamos la más relevante, el porqué. Si la respuesta a la causa está enquistada en prejuicios de otras décadas, deberíamos revisarla nosotros, adultos, internamente, antes de responder. Miremos a nuestro alrededor, no solo para darle al me gusta del vecino del quinto, sino para observar cómo cambia constantemente y reflexionar cómo cada día debemos adaptarnos. Quizás, visto de este modo, cambiemos también las respuestas que damos a nuestros hijos. Más aún, si en ese proceso de observación del entorno, les observamos a ellos, a sus amistades, a los padres de sus amistades, a sus maestros y a sus vecinos. ¿Sabremos adaptarnos para darles una respuesta más cercana a su realidad que a la nuestra de hace más de diez años? Quizás sí, si en nuestro proceso de re-educación nos proponemos combatir los prejuicios.
   La huella me cuenta en una preciosa imagen la amistad y el proceso de enamoramiento de un elefante y un pececillo. El texto me habla de prejuicios de todo ese entorno que no se re-educa, que juzga e impone. Adaptarse o enquistarse para convencer a las nuevas generaciones de realidades de otros tiempos, ahí está la cuestión.