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Pròleg: "Historias del Errante de mil mundos" (Capítol 1)

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Colaborador 
Objetivos 
Creure en la màgia dels llibres

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Resumen 

“Entonces llegará el día en que alce el vuelo y desafíe a los espíritus de
los vientos y al mismísimo dios de las tormentas”.


¿SABES DE QUIÉN HABLA?

Esta es la historia de Bastian, pero también tu historia. Si te decides a entrar en ella, vivirás aventuras, conocerás dragones y volverás a creer en la magia de los cuentos.



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Lectura exclusiva per a usuaris Premium.

A Los Cuentos de Bastian creem històries fantàstiques amb els nostres millors escriptors.

Tens que llegir-ho!


Opinión 
Existe-un-lugar-titulo-Meritxell-Ribas-cap1-Los-Cuentos-de-BastianExiste un lugar al que pocos han logrado llegar y mucho menos acceder. Se encuentra en lo alto de una retadora montaña cuya cima queda cubierta por las nubes. La falda de la montaña está abrigada por un bosque antiguo de hayas y tilos milenarios. Si uno conoce o logra encontrar el acceso, puede ascender hasta la cima por un camino de veintiséis mil cuatrocientos escalones, hechos de piedra tosca y desgastada. Cada doscientos escalones hay un farol de piedra en cuyo interior brilla una luz que ilumina por las noches el camino y ahuyenta las sombras que danzan a su alrededor. Si la voluntad del que busca se lo permite, se llega finalmente a un hermoso pórtico de madera que tiene la superficie tallada con una exquisitez minimalista que imita las escamas de una serpiente o de un dragón, tal que parecen de verdad. Ese pórtico da a un hermoso jardín que permite llegar a una grieta que se abre en la misma pared de la montaña. Después se tiene que atravesar un pasillo largo cuyo techo, excavado en la misma roca, es tan alto que se pierde entre las sombras. Las paredes son de un color azul topacio, rugosas, tras las cuales parece brillar un fulgor espectral que palpita lentamente, de una manera relajada y casi imperceptible. El suelo resuena con un ligero eco y, a medida que se avanza, uno cree que la ligera brisa que corretea y flota por el pasillo trae susurros y murmullos que hablan en una lengua antigua ya olvidada. 

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La sala a la que se accede es enorme. Está iluminada por el tenue y cálido resplandor que desprenden cientos de pequeñas lámparas de hierro deslustrado que cuelgan del techo rocoso. Es una sala donde no hace frío ni calor y en ella flota un ligero aroma a incienso que refresca los pulmones y despeja la mente. Las paredes de la sala están repletas de estanterías llenas de libros y rollos antiguos apilados. Allí hay volúmenes nuevos y viejos, viejos tomos de cubiertas recargadas llenas de filigranas doradas o con sencillos lomos agradables al tacto. Podría decirse que allí se encuentran más libros de los que uno podría leer en varias vidas. Lo curioso es que los libros están en blanco. Sus páginas no están escritas ni impresas. No hay tinta en ellas, ni letra alguna llena con palabras esa blancura incómoda.

— ¿Te sorprende que no estén escritos estos libros?—te pregunta un niño con voz curiosa—. No todas las historias pueden quedar atrapadas en ellos.
Es un joven de aspecto enigmático. Su rostro revela una inocencia cándida y traviesa, pero su mirada de cielo azul eléctrico es serena y demasiado adulta para la edad que aparenta. 
—Ven, quiero enseñarte algo.
Te coge de la mano con afabilidad de anciano y te acompaña hasta el centro de la sala. Allí hay un espejo de enormes dimensiones. Es ovalado y está protegido por un grueso marco de plata de líneas onduladas. Delante del espejo hay un pequeño pilar de mármol negro con escamas talladas en su superficie. Mide poco más de metro y medio y en la base superior hay un cojín de terciopelo escarlata sobre el que descansa un huevo de enormes proporciones. Por un momento, a causa de su tamaño, tu imaginación te sugiere algo a todas luces improbable. Es imposible, razonas. Aunque no por eso una pequeña y secreta esperanza deja de pellizcar tu corazón.

El niño acaricia la superficie rugosa del huevo y luego te mira con expresión divertida. Como si esperase alguna reacción por tu parte.
—Crees bien. Es un huevo de dragón.

El niño permanece un instante pensativo y al momento sonríe, como si reviviera en su mente un recuerdo pasado divertido. 
—Un Dragón de la Suerte.

El pequeño te hace una señal para que te acerques a él. Coge el huevo y, antes de que tengas tiempo para sorprenderte, te lo entrega con delicadeza. Lo sostienes con temor de que se te caiga, pero el huevo apenas pesa. Está caliente y desprende un olor parecido a la canela pero más suave y que no puedes identificar. La calidez del huevo es palpitante, y un instinto protector te hace sujetarlo con más firmeza y cubrirlo completamente con tus brazos y manos.
 
—Ven conmigo. Si quieres llegar a conocerlo debes acompañarme a través del espejo. Solo si viajas a mi lado podrás verlo salir del cascarón. Y te aseguro que ese momento no lo olvidarás mientras vivas, ya que nada tiene que envidiar al más hermoso amanecer que hayas visto nunca. Si quieres verlo crecer tendrás que atravesar conmigo valles de verdes prados y colinas escarpadas, páramos pantanosos y desiertos de suelo seco y quebrado. Y para cuando ya empiece a caminar a nuestro lado, y su tamaño nos permita cabalgarlo, avanzaremos en su compañía por bosques de perpetuo verdor feérico y por ciudades de torres diamantinas con cúpulas argénteas que resplandecerán con el reflejo de la luz de la luna reflejada en ellas. Entonces llegará el día en que alce el vuelo, y será entonces cuando desafíe con su rugiente risa a los espíritus de los vientos y al mismísimo dios de las tormentas. Y te aseguro que oír esa risa tronando en los cielos te dará esperanzas en el más oscuro de los momentos de tu vida. A partir de ese momento surcaremos con él cielos y mares por igual, hermoso y regio, como una flecha de escamas de blanco marfil cruzando el firmamento. Pero para eso, desde este primer instante, nada más crucemos el espejo, deberemos contarle todo tipo de relatos, de historias, de cuentos. Pues el Dragón de la Suerte, este dragón en particular, se alimenta y necesita de eso: de aventuras, de tragedias, de anécdotas y vivencias. 

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El niño te ayuda a avanzar hacia el espejo. Curiosamente en él se refleja la sala y las estanterías llenas de libros, el pilar de mármol negro escamado y el cojín de terciopelo escarlata, pero tu reflejo y el del niño no. El muchacho toca con su mano la superficie pulida del espejo. Esta tiembla y se enturbia como las ondas en el agua cuando tiras una piedra en un estanque.
— Sujétalo bien ahora — comenta —. Durante mucho tiempo yo le conté todas las historias que sabía a mi Dragón de la Suerte. Estoy seguro que alguna vez leíste sobre él y sobre mí, en algún momento. Pero ahora es tu turno y debes volar en tu propio dragón. Yo seré tu compañero. Te contaré las historias que leí o que me contaron a mí para que tú se las puedas explicar a él. Tú mismo podrás contarle historias propias. Tenemos tiempo, mucho tiempo. Los Dragones de la Suerte tienen una digestión reposada y un crecer lento y meditabundo. Les gusta saborear los relatos y rebañan hasta la última de sus palabras. Ah, por cierto, se me olvidaba. Llegará un día en que deberás regalarle un nombre. Pero aún es pronto para hacerlo. Cuando sea necesario deberás dárselo. Pero tranquilo, no será ni antes ni después de lo que piensas.
El niño cruza el espejo como si atravesase una pared de mercurio líquido. Antes de desaparecer completamente en su interior se gira hacia a ti y de nuevo pone esa sonrisa suya, traviesa y contagiosa, imperceptiblemente desafiante.
— ¿Qué? ¿Te atreves a viajar conmigo?


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EXISTE UN LUGAR
por Sergio A. Sierra
ilustrado por Meritxell Ribas
PRIMER CAPÍTULO
EDICIÓN EXCLUSIVA PARA Los Cuentos de Bastian ®
prohibida su reproducción
 



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