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Prólogo: "El devorador de libros" (Capítulo 1)

Historia de Bastian

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Colaborador 
Objetivos 
Creer en la magia de la vida.

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Resumen 

"Existe todo aquello que imaginamos y soñamos"

¿Y TÚ CREES EN LA IMAGINACIÓN?

Esta es la historia de un anciano que ha olvidado dónde dejó su dragón y de un niño que cree en él.




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Opinión 

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Aquella mañana el anciano se despertó torpe, confundiendo los zapatos por las zapatillas de estar en casa y sin encontrar sus gafas de pasta. Afortunadamente, allí estaba su nieto, quien le animó a tomar el pulso al nuevo día.  Le ayudó a vestirse y lo engalanó, como hacía siempre, con su chaqueta de tweed y sus pantalones perfectamente planchados. Del brazo del niño, el anciano salió de su habitación y ambos caminaron por el largo pasillo de la casa, iluminado tenuemente por el amanecer. Al llegar al final del pasillo, se detuvieron frente a una puerta y, siguiendo las rutinas de siempre, el anciano sacó, de debajo de su camisa, una llave que prendía de una fina cadena y la colocó en el paño de la puerta. Giró la llave con suavidad y destreza –algo insólito ante su torpeza general– y la puerta cedió con un crujido. Al abrirse, anciano y niño tuvieron aquella visión que se repetía cada día: ante ellos se extendía una inmensa sala repleta de estantes con libros que llegaban hasta el infinito.

El-devorador-de-libros-Historia-de-Bastian-cap1-Meritxell-Ribas-Los-Cuentos-de-BastianEl anciano, ante tal estampa, suspiró y sonrió y, momentáneamente, se soltó del brazo de su nieto y caminó hacia el interior de la estancia. Una vez dentro empezó a mirar con curiosidad hacia todos los lugares como si fuera la primera vez que allí entraba. Con los ojos exultantes se acercaba a los estantes y acariciaba los lomos de los libros con delicadeza extrema. Al cabo de unos instantes, el pequeño se acercó a su abuelo:
-Comelibros, deberías sentarte y seguir leyendo la historia que ayer comenzaste. ¿Qué te parece? Otro día cogerás uno nuevo. 

El anciano afirmó con un gesto de cabeza y se sentó en una butaca raída que estaba junto a la ventana. El niño le alcanzó el libro que estaba en la pequeña mesilla junto al sillón, mientras, el abuelo parecía pensativo.
-¿Por qué me llamas Comelibros?-inquirió el anciano volviendo a sí mismo.
-¿Otra vez quieres que te lo explique, abuelo? –suspiró el niño-.  Como siempre te digo no conozco a ninguna persona a la que le guste leer y lea tanto como tú. Tú no lees, ¡tú devoras los libros!

El abuelo rió con una carcajada grande y miró la portada del libro que sostenía entre las manos. Su rostro se iluminó al releer el título del tomo y mirar con detenimiento la ilustración de la primera página. Sin embargo, en seguida, su gesto se tornó opaco, a la vez que cerraba el libro que mantenía en su regazo.
-Sí, pero ahora me cuesta más leer.
-Lo sé, Comelibros. Pero sabes que yo te ayudaré cuando lo necesites.
-¿Me ayudarás siempre? –preguntó el anciano misteriosamente.

El nieto afirmó y el abuelo  bajando el tono de voz, le dijo: 
-¿Te he contado alguna vez que yo tuve un dragón?

El nieto se quedó extrañado. No sabía de qué le estaba hablando, pero era mejor no contradecirle y seguirle la corriente.
-Pero ahora no sé dónde está el dragón… –prosiguió con melancolía el anciano.

El niño enmudeció ante la nostalgia de su abuelo, mientras este volvía a centrar su atención en la portada del libro y reseguía las formas del símbolo de su portada. De repente, el rostro del abuelo cambió por completo de expresión como si hubiera recordado algo.
-¡Mi dragón!-gritó nervioso.

Y, a continuación, el abuelo, convulso, se levantó y se dirigió hacia los estantes.
-¡Tienes que ayudarme a buscarlo! –le pedía al pequeño con desespero.

Al mismo tiempo, empezó a sacar los libros, tratando de hallar algo, y estos volaban por la habitación, en un torbellino incesante de sueños, palabras y sentimientos. El hombre parecía fuera de sí y el nieto trató de calmarlo:
–Abuelo, tranquilízate, abuelo, los dragones no existen. ¡Cálmate!
–¿Cómo que no existen los dragones? –gritó escandalizado el anciano-. Los dragones existen. ¡Existe todo aquello que imaginamos y soñamos! 

El niño parecía asustado ante el arrebato del abuelo, cuando en ese instante álgido, alguien asomó a la habitación:
– ¿Qué ocurre aquí?–preguntó una mujer.

El nieto intentó disculpar al anciano:
–Nada, mamá, solo que el abuelo se ha alterado un poco.
-¿Alterado? No, no, no se trata de eso –vociferaba el anciano-. ¡Tengo que encontrarlo! ¡Tengo que encontrarlo!

Ante aquella situación, la madre también nerviosa, gritó al pequeño:
-¡Vete al cole o llegarás tarde! Yo me encargo de tu abuelo.
-Pero…
-Ni pero, ni nada… Vete. ¡Está fuera de sí!

Obedeciendo, salió de la habitación entornando la puerta y desencaminó el pasillo, mientras oía cómo su madre trataba de tranquilizar al abuelo.  Finalmente, al cabo de unos minutos, el escándalo cesó. 
El pequeño tomó su mochila, mientras su madre, algo preocupada por la escena con el abuelo, se dirigió a él para darle el beso de buena suerte de cada día. 
-Lo siento, no quería gritarte. A veces me pongo muy nerviosa.
-Lo sé, mamá, pero es que el abuelo dice cosas muy extrañas.
- Ya lo sé, cariño, ya sabes que es su mente... No está bien. Pero no, desgraciadamente, no podemos hacer nada por él, más que acompañarlo… -contestó tristemente-. ¡Y ahora al cole! Mira qué hora es.

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El niño enfiló de nuevo el pasillo corriendo, pero al pasar por delante de la habitación donde estaba el abuelo, oyó que este le llamaba. Este, asegurándose de que su madre no le veía, se introdujo en aquella cueva de libros y se acercó a su abuelo, a quien se le habían iluminado los ojos.
-Prepárate, pequeño. ¡Vamos a ir en busca de mi dragón! Si dejo de creer en él, desaparecerá, pero mientras yo siga creyendo y recordándolo, sé que me está esperando... Me ayudarás, ¿verdad?
El niño lo miró y, aún sin comprender bien aquellas palabras, sus ojos también brillaron, compartiendo la luz de la mirada de su abuelo. Hacía tiempo que ninguno de los dos sonreía por dentro. 




 EL DEVORADOR DE LIBROS
por Silvia G. Guirado
ilustrado por Meritxell Ribas
PRIMER CAPÍTULO
                                                                                                                                                                    

Edición exclusiva para Los Cuentos de Bastian®
Prohibida su reproducción